Aprovechar la oportunidad / El viaje de fin de curso

Los finales de curso son siempre momentos de prisa y agobio, pero también de reflexión. Este curso se nos presenta muy distinto por las circunstancias excepcionales que lo envuelven, no cabe duda. Sin embargo, eso no ha cambiado en absoluto y casi es de agradecer que algo permanezca como siempre en medio de tanta incertidumbre. Podría decirse que se han convertido en incordios reconfortantes, como el fastidio que nos producía la visita inesperada de unos amigos cuando andábamos a nuestro aire por casa.

Poco puede haber de ventajoso en vivir agobiado, sea cual sea la circunstancia. Ahora bien, detenerse a reflexionar siempre nos va a proporcionar beneficios. Todos los docentes hacen sus cábalas a final de curso sobre cómo han marchado las cosas, más allá de la tediosa burocracia que debemos cumplimentar al respecto. Las salas de profesores estaban trabadas de conversaciones sobre este o aquel otro grupo, alumnos con dificultades, con necesidades especiales de todo tipo (cognitivas, emocionales, afectivas, familiares, económicas, etc), problemáticos y también los que desaparecieron para no volver. Por desgracia también nos ha sido sustraído ese espacio para compartir nuestras reflexiones, pero no por ello debemos renunciar a pensar en cómo ha sido este curso tan atípico, en lo que nos ha funcionado y en lo que no ha funcionado para nada.

Un rápido vistazo a las redes sociales y a la prensa transmite una sensación desalentadora. Cualquiera diría que los docentes hemos abandonado a nuestros alumnos a su suerte en medio de la selva y sin víveres. Está claro que habrá algún caso en cual sea terriblemente cierta esa descripción, aunque no es la norma ni muchísimo menos. Está claro que podíamos haberlo hecho mejor pero, ante todo, se ha hecho todo cuanto se ha podido. Está claro que esa expresión tiene un valor relativo que varía en función de la coyuntura concreta de cada escuela y en algunos lugares se ha conseguido más que en otros. Está claro que la pandemia ha hecho que el sistema educativo se rompa por todas las grietas que tenía y eran muchas. Está claro que ya no podemos mirar a otra parte y debemos afrontarlas. Está claro que no tenemos toda la responsabilidad respecto de lo que no funciona y, como siempre, no dejaremos que eso nos detenga en absoluto.

La primera cosa que hay que subrayar es que no somos nosotros sino el burnout quien está dando el testimonio de lo ocurrido este último trimestre. Reconozcamos que se ha trabajado mucho, mucho más de lo habitual para llevar a cabo nuestros alumnos. Hemos empleado todos los recursos personales y materiales a nuestra disposición para ponerlos al servicio de nuestros alumnos. Todos hemos trabajado desde casa, muchos en situaciones precarias, familiarmente complejas, también para conciliar, como todo el mundo, lidiando con duelos, con miedo, e incluso, enfermos por la Covid-19. Hemos aguantado el estrés emocional inherente a nuestra profesión, a causa del ejercicio de simpatía y empatía constantes para atender todos los miembros de la comunidad educativa. Hemos aguantado las críticas, fueran justas o no, como de costumbre. Todo ello sin aplausos, aunque ha habido hasta para los basureros -merescuts, eso no se discute. Lo hemos dado todo porque estamos convencidos de cuánto vale y significa nuestra profesión, aunque la tengamos que hacer sin ningún reconocimiento.

No debemos caer, sin embargo, en la autocomplacencia. La perspectiva ha de seguir siendo la misma: se ha hecho todo lo que se ha podido, pero podemos hacerlo mejor. Tampoco debemos caer en el muy extendido tópico de que la enseñanza virtual no funciona, porque es mentira. Por lo pronto, parte de un supuesto falso: el de que lo que hemos estado haciendo este último trimestre es enseñanza virtual. No todo lo que se enseña o aprende en la nube es e-learning, de la misma manera que no todas las nubes son cirros o cúmulos. La expresión más acertada para lo que se ha estado haciendo sería enseñanza remota de emergencia, acuñada por Jordi Adell y Raúl Santiago. Esta ha cumplido su función, como hemos venido diciendo, aún con todas las carencias que también han quedado patentes. Así que, insistamos una vez más: es el momento de reflexionar sobre lo que funciona y lo que no.

También es el momento de dialogar, de reivindicar el espíritu de claustro más allá del espacio físico que suele constreñirlo. Rastreemos juntos cómo ha sido nuestra experiencia sin apalancarnos en la queja, compartiendo los aciertos y hagamos un mapa que incluya también lo yermo para ahorrarle a los demás el trecho. Construyamos un catálogo de pequeñas certidumbres con el que afrontar el desconcierto. Hagámonos con una caja de herramientas abarrotada de útiles para resolver lo que está en nuestra mano. Aprovechemos la gran ventaja de lo virtual que, al hacer irrelevante la distancia, nos permite hacer extensible ese diálogo a gente de otros lugares y podemos enriquecernos así con una diversidad de perspectivas mucho mayor.

Vayamos más lejos aún. Este es un momento para ser valientes o, más que eso, realistas:

pidamos lo imposible. Ya que la escuela se nos ha roto por los cuatro costados, pongámonos a pensar en un nuevo modelo que, para empezar, se ajuste a la nueva normalidad. Hagamos minería para extraer oportunidades donde a priori no parece haberlas. Aprovechemos la reducción de ratios para hacer nuestras clases distintas. Reconceptualicemos el empleo de los espacios en vez de convertir cualquier cosa en un aula. Busquemos un nuevo sentido a la palabra horario que no asfixie a alumnos, profesores y familias. Empecemos a construir una con(s)ciencia digital que esté a la altura del mundo virtual que se nos avecina pasado mañana.

Este ejercicio que parece ser un sueño por el aire de irrealidad que nos rodea tiene, sin embargo, el poder de que en él podemos hacer cuanto en la vigilia nos había vetado hasta ahora. Nunca antes nuestros sueños habían tenido la posibilidad de ir tan lejos. Así pues, no nos conformemos

con salir airosos sin más y empecemos a trabajar hoy en una nueva escuela que se apoye en la neurociencia, cuyo cauce sea la tecnología y desarrolle un currículo ecosocial. Soñemos mientras hacemos el camino; no dejemos de caminar; no nos quitemos el placer de un buen paseo a expensas de conseguir uno perfecto y dibujemos juntos un nuevo horizonte con lo que aprendamos en el trayecto, investigando, observando y compartiendo lo que hallemos en él. No será fácil, pero seguro que merece la pena.

-------> ¿Te apuntas al viaje?


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Escrito por Antonio Albiol Martín

Antonio Albiol Martín

Responsable de CuriosiTIC: Programa de Integración de las TIC en el aula del Colegio JABY

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