El calendario, el horario y el reloj

El calendario, el horario y el reloj: las perpetuas preocupaciones del profesor. Siempre pendientes de cómo avanza el trimestre, de la organización semanal y de que, en último término todo quepa dentro de las clases. Vemos a los compañeros de paso, al entrar o salir de las aulas, comentamos que nos falta tiempo. Charlamos un poco más animados antes de los claustros pero acabamos hablando de lo mismo: no da la vida. Hay que corregir, preparar materiales, el papeleo, las tutorías… Sin embargo allí estamos como clavos cuando toca formación, por las tardes después de una larga jornada e incluso durante los cursos intensivos que se hacen los sábados por la mañana. La cosa va entonces de que has dejado a los niños con tu pareja, con los abuelos o que has de salir un poco antes porque tienes una reunión familiar. Cuando quieres darte cuenta, la evaluación está a la vuelta de la esquina y el trimestre se ha terminado. ¿Descansas o aprovechas los días de vacaciones/ el puente para quitarte trabajo atrasado o adelantar algo? El eterno dilema. “Así luego no voy tan agobiado”, dices para convencerte de qué es lo mejor. Luego ni te quitas todo lo que tenías pendiente, ni avanzas tanto como querías, ni tampoco descansas. Sacas fuerzas de debajo de las piedras hasta que, un buen día, se acaban las clases pero a ti todavía te espera la bendita burocracia antes de que lleguen las merecidas vacaciones. Y aún de ellas dedicas una parte a pensar cómo mejorar tus clases, cómo organizarte mejor para no pasarte el año con la sensación de que vas con el agua al cuello todo el día. 

Cualquiera ajeno a la educación que lea estas líneas quizá se pregunte si de verdad es así. Quienes vivimos inmersos en ella, sabemos bien qué hay en el fondo de toda esa ansiedad. Para empezar tenemos la constante preocupación por el temario, que afrontamos nada más volver en septiembre. ¿Por qué? Por dos razones: un currículum cada vez más saturado de contenidos y la obligación de acomodarlo en una programación adecuada a los grupos de ese curso. Sin duda habrá quienes consideren esa labor mera burocracia pero si se llama así es por algo: con ella establecemos cuál va a ser el flujo de trabajo de una determinada asignatura. Así pues, bien empleada, puede ser una herramienta muy valiosa. Sin embargo, esa labor de ajuste no termina con su redacción y de ahí que siempre estemos pendientes del calendario. Puesto que tenemos el control de los procesos de enseñanza-aprendizaje, utilizamos la relación de instrucción, material (contenidos) y tareas tanto para cubrir las necesidades específicas de cada grupo, como para procurar que todos lleven un ritmo parecido. En otras palabras: no solo nos hacemos cargo de nuestro tiempo, sino que tenemos la enorme responsabilidad de gestionar parcialmente el de nuestros alumnos y eso afecta de manera (in)directa a las familias. De ahí las conocidas polémicas en torno a los “deberes”.

¿Cuándo nos ocupamos de todo eso con horarios en los que no cabe ni un alfiler? Si la mayor parte del tiempo que pasamos en el centro lo dedicamos a estar en el aula, atender a nuestros alumnos y sus familias, coordinarnos con nuestros compañeros de departamento o con el resto del claustro para actividades del centro,  vigilar pasillos, recreos, sustituir a compañeros que no han podido asistir por enfermedad, etc… queda una mínima fracción del horario para la burocracia, corregir, preparar actividades, materiales y demás con la que es imposible abarcar todo cuanto debemos hacer para que las clases se desarrollen de manera adecuada. ¿De dónde sale el resto que hace falta? Fuera de nuestra jornada laboral, el tiempo que transcurre en la intimidad de nuestros hogares; una dedicación invisible para la mayor parte de la sociedad, excepto para nuestras familias, que entienden nuestra vocación y nos permiten compaginar nuestras obligaciones domésticas con todas esas otras que nos traemos del colegio, el instituto o la universidad. Una dedicación que, dicho sea de paso, ha llegado a incrementarse hasta un 77% durante el confinamiento, según  han informado algunas fuentes. 

Y por último, si todo esto no era suficiente, la obsesión con el reloj. Contando las horas o sesiones disponibles para programar a principio de curso, como decíamos. Calculando cada semana la marcha de cada grupo e introduciendo/quitando actividades para que todo el mundo lleve el mismo ritmo. Que no se me olvide esa sustitución o que hoy me toca recreo. Ya no puedo hacer lo que tenía previsto en el centro y esta tarde mis hijos tienen natación. Mi pareja tiene pilates, así que me toca preparar la cena. Espera, que hoy tenemos formación. Menos mal que te lo ha recordado un compañero. Todo al traste. Llamas por teléfono a ver si los abuelos te pueden echar un cable. ¡Qué haríamos sin ellos! O, de acuerdo con la versión emergente durante el confinamiento, dejas a los niños entretenidos (tú avergonzado/a porque esa no es manera de compaginar) mientras te pasas tres horas conectado con dos dispositivos: uno para la cámara y otro para aprender a manejar lo que toque. ¿De qué va hoy la sesión? TIC. El formador os cuenta que con esa aplicación se pueden hacer maravillas, aunque hay diversidad de opiniones al respecto en el claustro. Están quienes comentan con sarcasmo si eso les va a hacer todo lo que tienen pendiente. Por otro lado los que encuentran interesante el asunto pero no terminan de ver cuándo podrían hacer todo eso con sus alumnos, si ya casi no hay forma humana de acabar el temario. Y luego aquellos que preparan una actividad para hacer la semana siguiente con lo aprendido mientras siguen el curso. 

Así pues, ¿cómo podríamos aprovechar mejor nuestro tiempo? Necesitamos seguir el consejo de Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido: “Cuando ya no podemos cambiar una situación, tenemos el desafío de cambiarnos a nosotros mismos”. Un cambio de perspectiva que provenga de una reflexión crítica y profunda de nuestros planteamientos. Tenemos que desnudarnos para tomar conciencia plena de nuestras carencias, de nuestras fortalezas y medir bien nuestras energías antes de embarcarnos en más cursos que dejan, en el mejor de los casos, una sensación agridulce porque no terminan de conectar con nuestras necesidades reales. Está claro que la mayor parte de cuantos habíamos hecho no preparaban para la enseñanza en tiempos de pandemia. No nos conformemos con mejorar la instrucción remota de emergencia, aprovechemos la oportunidad para ir más lejos. 

Necesitamos hacer un ejercicio de metacognición —ese implícito en la competencia aprender a aprender que no siempre aprovechamos— que empiece por desaprender cuanto manifiestamente no ha funcionado. Determinemos qué necesitamos aprender en función de cuál sea nuestro punto de partida respecto de las competencias digitales. Hay que armarse de valor, si no perder el miedo, para aprenseñar con nuestros alumnos y no esperar para utilizar un recurso valioso cuyo dominio llegará mejor con la práctica. Esa supuesta debilidad les da a ellos la oportunidad de sentirse valiosos ayudándote a ti. Tu deseo de seguir aprendiendo nutre el suyo con el ejemplo. 

La mayor parte de la ansiedad que llegamos a experimentar proviene de los malabares que supone toda esa gestión del tiempo. Esa presión disminuiría si trabajásemos un modelo en el cual no recayera toda esa responsabilidad solo sobre nuestros hombros. Existen buenos ejemplos de equipos directivos que facilitan el trabajo de su claustro estableciendo workflows generales, de manera que los docentes no tienen que desarrollarlos, sino acomodarse a ellos. Pero se puede ir aún más al fondo de la cuestión. Si diseñamos modelos en los que el alumnado tenga un mayor control sobre los procesos de enseñanza-aprendizaje, los materiales y las tareas, habremos conseguido algo mucho más importante que liberarnos de un peso digno de Atlas: estaremos en la senda de la personalización del aprendizaje. 

Cuando abordemos ese diseño, abandonemos de una vez por todas la idea de que enseñamos para el mañana. No nos empeñemos en proponer actividades interesantes para nosotros y centrémonos en que sean significativas para ellos. Dejemos de lado el academicismo, busquemos conexión con la realidad y así aprenderán de verdad porque estarán partiendo de su zona de desarrollo próximo. Mejor aún si lo que hacen tiene un impacto en su entorno inmediato. Desaparecerá la sensación de que perdemos el tiempo haciendo materiales o tareas que no funcionan porque los alumnos no responden y estos, por su parte, dejarán de sentir lo mismo porque ya no harían cosas desconectadas de su mundo vital y, por tanto, desprovistas de sentido para ellos. Así no tendremos que oír nunca más la (im)pertinente pregunta “¿para qué me sirve aprender esto?”. 

Abandonemos la idea de que los profesores somos islas autárquicas o, en el mejor de los casos, habitamos un archipiélago docente. No tenemos que hacerlo todo solos. Trabajemos en equipo, compartamos nuestro esfuerzo. Carece de sentido obsesionarse con elaborar uno mismo todos los materiales que necesitan nuestros alumnos cuando los compañeros de nivel tienen que hacer lo mismo. Se puede hacer de manera conjunta o se puede alternar, por ejemplo. Comunicad los resultados de vuestra experiencia, compartidlos. Las redes sociales se han llenado del hastag #profesqueayudan para inspirar al #claustrovirtual y facilitarnos la tarea como colectivo. Internet ya estaba hasta arriba de recursos interesantes: siéntate a buscar primero si ya hay algo hecho en la red antes de sentarte a hacerlos tú mismo. No escuches al ego, no hay nada de malo en que no haya salido de tus manos; lo importante es que el material sea bueno y les sirva a tus alumnos. Una curación de contenidos adecuada, acudiendo a los repositorios de las distintas autoridades educativas, fundaciones, etc… puede ahorrarte muchísimas horas de trabajo. Y si después de todo nada satisface tus requisitos, crea tus propios materiales para adecuarlos al máximo a las necesidades de tus grupos. Cuando lo hagas, diséñalos como objetos digitales de aprendizaje (ODAs): unidades mínimas o píldoras en formato digital, interactivas, con un propósito pedagógico claro y máximamente reutilizables según el contexto que les proporciones. Recuerda, de todas maneras, que su aprendizaje será más profundo si dejas que sean ellos quienes elaboren dichos materiales, pues de esa manera hacen trabajo cognitivo de orden superior y estarás fomentando su creatividad. 

Por último, la tecnología es nuestra aliada, no el enemigo a combatir. La competencia digital no va de aprender a manejar aplicaciones. Aunque sin duda hay miles que ellas que complementan el aprendizaje del alumnado o nos simplifican algunas de nuestras tareas más arduas, es mucho más que eso. Lee entre las líneas anteriores: comprobarás que ha estado presente ahí todo el tiempo apoyándonos en nuestro viaje interior, haciendo posible y facilitando un cambio en la educación. No digas que no se puede hacer, reconoce que no sabes por mucho que duela. Busca un modelo de formación a la altura de las circunstancias, basado en la transformación, en el aprender haciendo; uno que de verdad te facilite las cosas y te permita ahorrar tiempo enfocándose en lo que de verdad importa. No esperes a estar preparado mañana, confía en el asesoramiento experto de Microgestió.


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Escrito por Antonio Albiol Martín

Antonio Albiol Martín

Responsable de CuriosiTIC: Programa de Integración de las TIC en el aula del Colegio JABY

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