El montaje del director


Nada más comenzar la película Hot Shots! el teniente Topper Harley (Charlie Sheen) tiene un aparatoso accidente aéreo durante unas maniobras rutinarias. El protagonista puede escapar sin problemas pero su compañero “Mailman” Farnham (Ryan Styles) se queda atrapado en el caza que pilotaban juntos. La siguiente secuencia nos muestra su milagrosa salvación al quedar atrapado el avión en un frondosísimo bosque. No sale de su asombro cuando, de repente, se activa el mecanismo eyector del asiento que se había quedado atascado antes y sale propulsado por los aires haciéndole caer unos metros más lejos. A continuación nos lo muestran recuperando la conciencia tras el nuevo golpe, varias horas después, porque se ha hecho de noche. El plano se va abriendo poco a poco y vemos cómo unas ramas se han quedado incrustadas a su casco, asemejándose a las astas de un ciervo, hasta que aparece en pantalla un cartel indicando que se encuentra en un coto de caza. Oímos un reclamo al tiempo que nos muestran un nuevo primer plano con la cara de Mailman: una mezcla de asombro, incredulidad y miedo. Se oye un disparo y, acto seguido, aparece Topper en su cama despertando sobresaltado de lo que parece ser una pesadilla recurrente. 

Esta escena de poco más de dos minutos quizá constituye la representación gráfica más clara de cómo deben estar sintiéndose los directores de los centros educativos ahora mismo. Han salido indemnes de la inverosímil situación que afrontaron durante el confinamiento, sacando una enseñanza remota de emergencia de donde, en muchos casos, no había nada.  Y después de haber llevado a cabo una gestión sin medios, se ven arrojados a otra situación todavía más disparatada que la anterior: administrar la reapertura de los centros en septiembre sin instrucciones precisas, sin inversión y sin poder garantizar la seguridad de alumnos ni docentes. A lo lejos oímos ya el reclamo: el cierre de las instituciones educativas en Shanghai e Israel preconizan ya que el esfuerzo tal vez sea en vano porque debamos volver a confinarnos en cuanto se acerque el colapso de la atención sanitaria. De manera que ahí están los pobres, con la misma cara que Mailman. Viendo venir que la culpa recaerá sobre ellos si algo sale mal y sus cabezas acabarán en una pared, exhibidas como un trofeo, igual que la del piloto unas pocas escenas después. Deseando que se tratase de una pesadilla y no de una realidad más absurda aún que el guión de esta película de los noventa. 

Recurro aquí a la comedia no para restar importancia a la situación, sino para enfatizar su absurdo que raya casi en el surrealismo. En otras palabras, pretendo lo contrario, subrayar así la seriedad del asunto cuando parece que se estuvieran riendo de nosotros y/o a nuestra costa.  ¿Qué otra cosa podríamos pensar si ignoran el reciente estudio publicado en Science Magazine aconsejando medidas de distanciamiento social muy estrictas, o el informe del Imperial College que sugiere enseñanza en línea o la reapertura selectiva, mínima e imprescindible? Porque al amparo de la autonomía de los centros, se ha abandonado a los equipos directivos a su suerte en ese raro limbo en el que están siempre: a medio camino entre las esferas administrativas y la realidad de los colegios e institutos. Tratando de sacar de donde no hay hasta que se materialice la promesa de recursos o instrucciones y minimizar, así, los riesgos de los colectivos que se encuentran a su cargo. Centrándose en cómo organizar la escuela presencial en septiembre y preparándose para una nueva ronda de enseñanza remota de emergencia, si fuera preciso. Asumiendo una responsabilidad enorme a sabiendas de que se convertirán en chivo expiatorio a la mínima de cambio. 

La primera de las tres áreas donde se la juegan es la enseñanza. Venimos de un modelo magistrocéntrico en esencia, centrado en la instrucción directa y entendida como transferencia de información al alumno. En una sociedad en la que todos pueden acceder a casi cualquier dato disponiendo de conexión a internet, ¿tiene sentido que el rol del profesorado siga siendo solo ese? ¿No sería mejor trabajar la autonomía de los estudiantes, su responsabilidad, su pensamiento crítico? ¿Acaso no son estas algunas de las cosas que hemos echado en falta en ellos durante el confinamiento? ¿De verdad no ha funcionado la enseñanza remota de emergencia, como dicen algunos, o es que las videoconferencias han puesto de manifiesto lo ridículas que pueden llegar a ser las clases magistrales a estas alturas de la historia? De manera que el principal reto está en cambiar la cultura de la enseñanza en el centro y eso se consigue mediante planes formativos que se ajusten a la realidad específica de cada colegio e instituto. Por un lado, formación metodológica que permita adoptar estrategias y metodologías activas, centradas en los estudiantes (constructivistas de verdad, que permitan el trabajo cognitivo de orden superior, ¡sobre todo la creatividad!). Es también necesario un seguimiento para acompañar a los docentes en el proceso y, aparejado, un abandono de la cultura de la evaluación por otra de la medición. Hacen falta, asimismo, programas de desarrollo profesional centrados en el diseño de materiales didácticos para buscar una mayor personalización del aprendizaje. Y, finalmente, se necesita formación específica sobre las particularidades de la enseñanza en línea, pues nadie ha preparado a los docentes para una situación como la que hemos vivido. 

La segunda área de intervención es la del aprendizaje, unida de manera intrínseca al anterior. Partíamos de un modelo en el que apenas se fomentaba el trabajo cooperativo, a pesar de que los hermanos Johnson llevan promoviéndolo desde los años 70 del siglo pasado y aunque las organizaciones cada vez demandan más habilidades de colaboración en las personas que las conforman. Como decíamos, el confinamiento ha subrayado de diversas maneras la falta de trabajo alrededor del pensamiento crítico y además de los motivos ya mencionados cabe añadir también la necesidad de combatir la infoxicación, los bulos y la desinformación. A fin de cuentas no podemos hablar de conocimiento si no hay una elaboración de los datos por parte del aprendiz y ha de hacerlo con criterio, así como ser capaz de reelaborarla. ¿Pruebas como la reválida o la EvAU de verdad miden lo que sabe un alumno? ¿No demuestran más bien la capacidad de resolver una prueba estandarizada? Poco puede hacerse por la personalización del aprendizaje si los exámenes son las únicas oportunidades de demostrar lo que han aprendido. Si queremos saber de verdad hasta dónde han sido capaces de llegar, démosles la oportunidad de crear a partir de ello, de comunicarlo, de ponerlo en juego en un contexto real. Es hora de abrir las puertas de la escuela no para que vengan a ver lo que los niños saben hacer como si fueran animales amaestrados, sino para llevarla fuera y permitir que empiecen a demostrar ya qué clase de ciudadanos serán en el futuro. 

La tercera y última, relativa a la transformación del entorno, viene dada en gran medida por la observación que acabamos de hacer: la escuela viene siendo una institución estanca que desarrolla su actividad casi al margen de los cambios que se producen a su alrededor. En algunas se fomenta la participación de las familias y hasta se persigue la creación de comunidades de aprendizaje, siguiendo la propuesta del sociólogo Ramón Flecha. Debemos adoptar al menos la idea de que no solo el colegio educa, sino la tribu al completo y eso implica la necesidad de trabajar codo con codo para que los menores aprendan de la mejor manera posible. Recuperemos la idea de que tutores y docentes trabajan por un interés común. En la mayoría de institutos la participación de los estudiantes en decisiones de centro no existe o es simbólica. Así pues, haciéndoles partícipes de cuestiones que les afectan, fomentaríamos aún más su autonomía y responsabilidad. Por otra parte, remodelar los lugares físicos que constituyen una escuela es un proceso costoso pero eso no implica que debamos mantenerlos como están. Siempre podemos aprovechar todo el sitio disponible como espacio de aprendizaje: dándole un uso específico a cada rincón del aula, decorando las paredes con cuadros para crear un museo o simplemente cambiando la distribución de las mesas para romper barreras o facilitar flujos de trabajo multidireccionales. Para finalizar, también se ha comprobado que la alfabetización digital ha funcionado mejor allí donde cada alumno usaba un dispositivo propio para aprender y, por lo tanto, es necesaria una solución tecnológica que se ajuste de verdad a sus necesidades específicas, a la realidad de cada contexto. 

Abandonemos, por tanto, el vano empeño de construir sobre lo que no funciona y empecemos ya a hacer cambios. Estos no llegan por sí mismos, necesitan ser promovidos por los equipos directivos que precisamente por su particular situación estratégica son la bisagra para esa metamorfosis. Hace falta, en primer lugar, que tengan una visión clara de cómo integrar las TIC en sus aulas y compartirla con el resto de la comunidad educativa; hacerles partícipes de ella. Lleva tiempo planificarlos e implementarlos pero, sobre todo, tardan bastante en calar. Las instituciones de enseñanza se mueven, por desgracia, mucho más lentamente que las sociedades en las que desarrollan sus actividades. Sin embargo, ninguna de las cuestiones tratadas son problemas, sino desafíos u oportunidades para seguir transformando la educación. Hablamos de innovar, en efecto, pero entendiendo que se trata de proceso iterativo y continuo para adaptarse a las necesidades de la sociedad, no como la perpetua búsqueda de la novedad por sí misma. Huyamos de las fórmulas magistrales, de las gangas revolucionarias y los remedios instantáneos como si fueran café soluble. Creemos instituciones educativas ambidiestras, capaces de explotar lo que funciona y de explorar nuevas posibilidades al mismo tiempo, implementando una cultura de investigación y desarrollo que se apoye en la medición de las intervenciones realizadas. 

Los directivos no pueden quedarse solos ante el peligro, como Gary Cooper. Para llevar a cabo esta tarea titánica se precisa la intervención de toda la comunidad educativa y asesoramiento experto como el de los profesionales de Microgestió. Te acompañarán a la hora de definir la visión sobre cómo integrar la tecnología en el aula de acuerdo con las necesidades del centro y un plan estratégico para implementarla. Te orientarán acerca de cómo hacer partícipe al resto de la comunidad educativa. Dotarán al equipo docente de la formación técnica, metodológica y de diseño que necesitan para transformar de verdad la educación. Os acompañarán a lo largo del proceso hasta que consigáis vuestros objetivos… Ahora detente, no sigas caminando, siéntate en el margen del camino. Respira hondo. Mira al horizonte mientras te figuras adónde queréis llegar. Los grandes cambios asustan, es cierto, así que piensa cómo introducirlos poco a poco en la vida cotidiana de tu centro. Empieza tan pronto como puedas pero, antes de echar a andar de nuevo, elige un buen compañero de viaje. Imagina qué distinta será la película. 

 


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Escrito por Antonio Albiol Martín

Antonio Albiol Martín

Responsable de CuriosiTIC: Programa de Integración de las TIC en el aula del Colegio JABY

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