Familias Digitales

Cuando era niño, jugaba en la calle. Merienda en mano iba a buscar a mis amigos, llamaba al telefonillo y preguntaba si podían bajar. En ocasiones quedábamos a una hora concreta para echar unas chapas o dar unas patadas a la pelota. A veces, simplemente bajaba cuando tenía ganas de jugar y me unía a quien ya estuviera allí para pasar el rato juntos haciendo lo que fuera. ¿Y dónde estaban nuestros padres entre tanto? Nosotros nos los imaginábamos ajenos a nuestras hazañas mientras campábamos con libertad por el barrio. Sin embargo, se asomaban a ventanas y terrazas de vez en cuando. Daban un rodeo para pasar por el parque donde jugábamos al ir a comprar el pan o al supermercado. Echaban un vistazo para comprobar con quién nos juntábamos y qué andábamos haciendo. Había otros padres, no solo los míos, haciendo lo mismo y se informaban entre ellos además de que también podían llamarte la atención si te sorprendían haciendo alguna trastada. 

Señala Francesco Tonucci que la calle era el espacio público donde empezábamos a desarrollar nuestra libertad más o menos al margen de las miradas adultas. Sin embargo, eso dejó de ser así hace casi tres generaciones, como resultado de la confluencia de dos procesos simultáneos: por un lado, el creciente desarrollo de ciudades diseñadas para los varones blancos de mediana edad, con todas las consecuencias que eso acarrea; por otro, la progresiva digitalización de la sociedad, que ha ido erigiendo internet como espacio público en sustitución de los lugares comunes que fuimos perdiendo por el camino. Dicho de otra manera, los niños y jóvenes han ido creciendo en la creencia, cada vez más extendida, de que ejercen su libertad en un ámbito digital. ¿Y dónde estaban aquellos padres entre tanto? Algunos permanecieron ajenos a ese mundo porque ni siquiera sabían cómo mirar por esa ventana o estaban demasiado ocupados para hacerlo. Otros se sentían hasta aliviados por tener a sus hijos en casa y no en esa calle que los medios han ido ilustrando como una especie de jungla, hasta fijar esa imagen en el inconsciente colectivo. Mientras, las redes sociales han ido modificando la noción de internet como espacio público, configurándose como ámbito de comercio y desarrollando sus propios peligros.

Hoy en día, por fin, empezamos a hablar en serio de educación digital. No es momento de discutir si es pronto o tarde, ni tampoco el de abrir brechas, sino de centrar el debate porque las familias se enfrentan a multitud de retos en esta materia y algunas se sienten desbordadas. Hasta hace  bien poco las familias permanecían despreocupadas si los menores no aparentaban estar enganchados, pero ahora ya se reflexiona sobre el uso antes de que aparezcan la adicción, los problemas visuales o posturales. Las familias ya se sienten obligadas a posicionarse de alguna manera frente la desbordante cantidad de información a la que estamos sometidos diariamente. Ya existe la necesidad de adoptar medidas de seguridad que no se limiten a proteger a los menores tanto de ciertos contenidos como de las amenazas que hay en internet. Así, puesto que el proceso de digitalización parece imparable, es el momento de que demos un paso adelante en nuestra responsabilidad como padres. 

El primer aspecto acerca del cual deberíamos reflexionar es el uso que los adultos hacemos de la tecnología, por un motivo bien sencillo: nuestros hijos tienden a imitar y repetir nuestro comportamiento, somos su modelo de conducta más importante. ¿Cómo usamos nuestros dispositivos de acceso a internet? Esta es una cuestión que deberíamos afrontar cuanto antes, preferiblemente antes de que los niños lleguen a nuestras vidas, porque ellos estarán empapándose de todo lo que hacemos desde el primer momento. Se trata de la primera medida de prevención que podemos llevar a cabo pero, por desgracia, no es la más frecuente. Si aún no lo ha hecho, adelante, hágalo. Nunca es tarde para abandonar la senda del “haz lo que yo te diga, no lo que yo haga” porque rara vez produce los efectos deseados. No tema el descrédito frente a su hijos por reconocer que no lo estaba haciendo bien. Ninguna medida es tan eficaz para inculcar el pensamiento crítico como llevarlo a cabo involucrándoles en el proceso. A partir de ese momento solo queda ser consecuentes, coherentes y perseverantes (¡nada menos!).

En segundo lugar y como resultado de lo anterior está la cuestión de la adicción. Porque claro, ¿nuestros hijos se enganchan a la tecnología de golpe o es el resultado de un proceso? Cabe la posibilidad, para empezar, de que hayan aprendido esa conducta observándola en nosotros (aunque ahora sabemos cómo afrontarlo). Además, para llegar a un exceso de uso hubo por lógica un comienzo y un incremento progresivo que nos pasó inadvertido. ¿Cómo ha podido suceder tal cosa? Las causas son múltiples. Así, por ejemplo, los propios padres son quienes muchas veces les han acostumbrado usar teléfonos y tablets como niñeras digitales desde bien pequeños: para darles de comer, para que se distraigan mientras hacemos las labores domésticas o atajar una rabieta, etc… Más allá de que el abuso de tecnología a edades tempranas (hasta los tres años) puede comprometer la neuroplasticidad de los pequeños, no  será de extrañar que luego les cueste no llevar su propio dispositivo a la mesa cuando lo tengan, que no sea la principal y mucho menos exclusiva fuente de ocio o que eviten usarlos como medio para resolver sus frustraciones. 

La respuesta no es el rechazo a la tecnología porque sea adictiva o mala por sí misma. Para empezar, nos define como especie, constituye nuestra respuesta adaptativa al medio ambiente así que no podemos prescindir de ella sin más. Nuestra vida se desarrolla a diario gracias a ella, desde los cubiertos hasta los ordenadores, y la digital representa solo una fracción de todas esas facilidades. Tampoco cabe decir que unas son más perniciosas que otras, porque ostenta un valor de uso, no esencial. Podemos escindir el átomo y pinchar un trozo de carne, sin ser ninguna de las dos cosas buenas o malas en sí mismas. Ahora bien, no es igual hacer lo uno para abastecer de energía a una ciudad, que para bombardear Hiroshima; ni es lo mismo hacer lo otro para comerse un filete que para herir a alguien. Por último, como dice el Dr. Larry Rosen, los problemas de adicción están vinculados a la personalidad de los usuarios y no a la tecnología per se. Hay gente más narcisistas, otra más compulsiva, depresivas, etc… de manera que debemos afrontar la adicción de acuerdo con los rasgos psicológicos involucrados en cada caso y, si ha llegado a extremos patológicos, debemos acudir a un especialista.

No obstante, cualesquiera que sean los problemas subyacentes, la clave está en el autocontrol. Ni podemos ni debemos supervisar todo cuanto hacen nuestros hijos en la red constantemente. Tenemos la obligación de protegerles de las amenazas que hay en internet, claro: ciberacoso, grooming, software malicioso que compromete nuestros equipos y nuestros datos, etc… El aspecto técnico del problema se solventa con facilidad, pues para eso hay antivirus, programas o aplicaciones de control parental, pero eso no es todo. Tenemos que asomarnos a la ventana, estar pendientes de ellos, acompañarles, enseñarles a identificar las amenazas y a protegerse de ellas. Es fundamental hacer esto en un clima de confianza para que no teman acudir a nosotros si se meten en un atolladero. Es la manera más eficaz de asegurarnos de que reconocen los límites y los asumen como propios. Se sentirán seguros no porque haya un programa controlando lo que hacen, sino porque sus padres han estado con ellos y porque han aprendido a protegerse. Más que autocontrol, habrán adquirido autonomía en el mundo digital. Por tanto, como en tantos otros aspectos de su educación, los acompañaremos hasta que maduren: somos responsables de ellos hasta que desarrollen su propio sentido de la responsabilidad. 

El tercer aspecto, muy unido al anterior, tiene que ver con la higiene digital en un sentido muy amplio. Empezando por los aspectos más obvios, fisiológicos, podríamos decir: inculcar hábitos orientados al cuidado de la vista mediante el uso de iluminación ambiental adecuada y funciones específicas como el Night Shift o el modo nocturno; o el cuidado de la columna evitando posturas que fuercen el cuello y la espalda; o la necesidad de hacer ejercicio diariamente, del tipo que sea, para tener buena calidad de vida: basta con ver cuántos pasos hacemos al cabo de un día con la aplicación Salud o registrar un entreno de yoga con Ejercicio; o, por último, la importancia de respetar las horas de sueño y tener un descanso adecuado: limitando el empleo del dispositivo por la noche con las opciones de tiempo de uso o la función no molestar. Sobre todo, como hemos dicho antes, lo primordial es acompañarles en el proceso de asimilación de todas esas reglas más que ninguna otra cosa. 

La higiene digital incluye también el desarrollo de hábitos que no nos reduzcan a ser  simples consumidores de información indiscriminada. Pensemos que en internet se producen 5 exabytes de información cada 48 horas y eso equivale a, nada menos, 100 veces la totalidad de los libros escritos por la Humanidad hasta el año 2013. Hay una porción de toda esa inconmensurable cantidad que ni siquiera es sano procesar. Solo es válida una parte nada fácil de determinar y, de ella, apenas una mínima fracción resulta relevante para nosotros. Debemos acostumbrarnos a curar los contenidos que consumimos, de la misma manera que cuidamos la comida pues, al fin y al cabo, es alimento para el alma. En otras palabras, hay que protegerse de la infoxicación: por un lado, del exceso de información que puede generar saturación cognitiva; y por otro de la información tóxica, es decir, aquella diseñada para generar incertidumbre o temor como es el caso del hoax o las fake news. Y la única forma de evitar estos peligros ya la hemos señalado antes: cultivar el pensamiento crítico junto a nuestros hijos.     

Todavía hay un último aspecto relacionado con la higiene informacional, quizá el más profundo de ellos. Se refiere al rastro que dejamos con nuestra navegación y al hecho de que eso configura nuestra identidad digital. Muchas personas hacen en internet cosas que no se atreverían a emprender fuera de la red, impulsadas en ocasiones por la falsa sensación de anonimato, y hasta de impunidad en algún caso, que generan las pantallas. Sin embargo, el mundo virtual es tan real como el físico y la prueba de ello es que un acto cometido en el primero puede tener consecuencias en el segundo. Así, por ejemplo, un delito informático puede llevar a su autor a la cárcel. Los esfuerzos de las multinacionales por recopilar dichos datos para vendernos mejor sus productos también podrían considerarse buena prueba de ello. Luego la actividad digital contribuye a configurar nuestro identidad personal tanto como cualquier otra. Debemos inculcar a nuestros hijos la idea de que todo cuanto dicen puede ser indicio de lo que piensan y todo cuanto hacen en internet también, pero con la radical diferencia de que esto último se puede rastrear y recopilar con fines que ni podemos controlar ni prever. 

Solo estos tres frentes principales que hemos presentado perfilan una labor titánica y no es de extrañar que algunas familias se sientan desbordadas frente a ella. Ahora bien, no están solas en este proceso. Por lo pronto, son uno de los tres pilares de las comunidades educativas, junto a las escuelas. Es fundamental que se apoyen mútuamente, acompañando a los menores en su proceso de desarrollo y maduración como ciudadanos digitales, que es de lo que trata todo esto al fin y al cabo. Tal como el confinamiento por la pandemia ha puesto de manifiesto, ninguno de sus agentes puede por separado hacer frente a una educación digital completa. La cuestión no es enseñarles a distinguir entre el uso por razones de ocio y el educativo, sino formarles tanto en el uso como a través de él con entera independencia del contexto para que se conviertan en ciudadanos competentes y autónomos de la sociedad de la información. Por eso en Microgestió diseñamos planes formativos para toda la comunidad, incluidas las familias. No tengas miedo a afrontar el reto, confía en nuestros profesionales para hacerlo. Internet es una ventana al mundo: haz como tus padres y asómate a ella para acompañar a tus hijos.


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Traducción al catalán realizada por Mireia Salazar


 


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Escrito por Antonio Albiol Martín

Antonio Albiol Martín

Responsable de CuriosiTIC: Programa de Integración de las TIC en el aula del Colegio JABY

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